Las cuencas de los ríos están formadas por un número considerable de valles que abocan todos al valle principal.

Mientras llueve de forma suave, los suelos empapan el agua, que unas semanas después empieza a percolar por el subsuelo hacia los cursos fluviales. El proceso es lento, ordenado, tranquilo.

Si llueve fuertemente, de manera torrencial, los suelos no pueden empapar el agua si en las laderas no hay árboles. Si las laderas de los valles están cubiertas de bosques, el agua se frena al chocar con las hojas, o incluso con las ramas, y se retiene en las raíces, de manera que también empapa el suelo.

Pero hay situaciones en las que hay escaso arbolado, o el suelo está helado: las lluvias intensas de finales del invierno sin posibilidad de empape por el suelo.  Si al mismo tiempo se produce un deshielo brusco por elevación de la temperatura en zonas donde la nieve no ha sido apelmazada, se genera una muy considerable cantidad de agua que no entra en el subsuelo y fluye hacia los valles.

Los cálculos son sencillos: Con lluvias mantenidas que produzcan una precipitación de 25 litros por metro cuadrado y día, en una cuenca de un pequeño arroyo de 10 x 15 km, tenemos 150 km2, es decir 150 millones de metros cuadrados que por 25 litros suponen 3.75 millones de metros cúbicos, o 3.75 hectómetros cúbicos. Esto es agua que cae en 24 horas. Dividiendo los metros cúbicos por los segundos en un día tenemos 43,4 metros cúbicos o 43.400 litros por segundo en el extremo del valle de ese arroyo.  Si pensamos en 10 valles por afluente del río y 5 afluentes, tenemos 50 descargas de 43.4 m3/s es decir, 2160 m3/s.

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Fuente: www.elmundo.es