Los desarrollos urbanísticos no siempre han promovido la protección y puesta en valor de los yacimientos arqueológicos. Hasta hace pocas décadas la sensibilidad del urbanismo hacia el patrimonio arqueológico era muy escasa, siempre prevalecían las motivaciones económicas y políticas, desde un punto cortoplacista.

A finales del siglo pasado la concienciación de la sociedad y de la administración aumenta, promoviendo actuaciones destinadas a evitar el impacto sobre estos restos e inventariarlos en el caso de ser inevitables por causas sociales, económicas y políticas. En contraposición el desarrollo urbanístico de las ciudades estaba en su plena expansión en España ocupando una gran superficie de suelo rústico, esto provocó la destrucción de un gran número de yacimientos arqueológicos.

Pero en la década de los 1980, existe un punto de inflexión y España ingresa en la Comunidad Europea y asume, al hacerlo, una serie de normas encaminadas a la protección arqueológica. En esta década las distintas administraciones se volcaron en hacer grandes campañas de prospección arqueológica, para determinar la localización de los bienes y protegerlos, además de salvar y rescatar los yacimientos afectados por obras.

A partir de la proliferación de normativa de protección arqueológica, el urbanismo consideró estos yacimientos arqueológicos como ámbitos a evitar no a potenciar. Muchos desarrollos urbanísticos de los años 1980 o 1990 han considerado estos elementos como trabas a su proyecto, debido a su retraso en la tramitación o incluso la paralización de las obras. Sin embargo esta tendencia está cambiando, contemplando los yacimientos arqueológicos como elementos enriquecedores del proyecto, que en muchos casos singularizan gran parte de la trama urbana. Existen multitud de ejemplos de este cambio de tendencia como es el desarrollo del Parque Arqueológico del Castillo de Calafell, en Cataluña o del Museo y del Parque Arqueológico “Cabezo de la Almagra” en el Campus de la Universidad de Huelva. Estos elementos arqueológicos en ciudades con mucho patrimonio han permitido la revitalización (social y económica) y la singularización de las mismas, como sucede en la ciudad de Mérida en Extremadura.

merida

El urbanismo y la arqueología están obligados a entenderse ya que operan en el mismo territorio. Aunque su enfoque puede diferir, el urbanismo sostenible tiene que ser racional y acorde a los valores del territorio (culturales, naturales, paisajísticos y sociales) y a su ciudadanía. Mientras que la arqueología su objetivo es recuperar y registrar con mayor rigor y meticulosidad posible la información documental que el yacimiento posee. Estos dos enfoques aunque teóricamente totalmente compatibles, en la práctica son difíciles de conjugar ya que los medios económicos y técnicos, así como los plazos no suelen permitirlo. Otro agravante es que en los grandes proyectos urbanísticos se trabaja con grupos multidisciplinares, en el cual cada especialista elabora su apartado sin tener un enfoque global del proyecto, y con un conocimiento muy parcial de las otras partes del mismo. Por eso son tan importantes los grupos interdisciplinares (urbanistas, arqueólogos, ambientalistas, ingenieros, geógrafos, etc), en los cuales los distintos profesionales que interactúan para llegar a crear la solución más apropiada.

Autor: Jose M. Taboada

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