El turismo floreció en la era de la globalización, pero su carácter sufrió cambios considerables con la entrada de nuevos actores. En Occidente, el turismo se convirtió en algo desdiferenciado de la vida cotidiana, y dejó de ser una actividad extraordinaria basada en la búsqueda de la autenticidad” (Cohen, 2012).

En este contexto, la realidad de las ciudades históricas es ciertamente muy heterogénea; mientras que en unos pocos casos, como pueden ser Venecia, Praga, Santiago de Compostela, Florencia, Oxford o Toledo, ya se pueden plantear importantes problemas de saturación y congestión, en otras muchas, la mayoría, continúan desarrollándose campañas de promoción orientadas a incrementar el número de visitantes, a considerar el turismo como un importante factor de dinamización socieconómica y de recuperación de economías urbanas en crisis[1].

 

 

En cualquier caso, existe un importante desafío operativo: hay que superar la fase meramente promocional de la gestión turística y afrontar el reto de ordenar el turismo en la ciudad, superando supeditar la ciudad al turismo y avanzando en el sentido de lograr que la dimensión turística, con todas sus implicaciones, se integre en el marco de una realidad urbana habitable y multifuncional.

Los responsables municipales y de las administraciones turísticas deben ser conscientes de qué convertir las ciudades históricas en un mero “producto turístico”, aún cuando esta función sea muy importante en la economía de su ciudad, implica asumir graves riesgos. Estos riesgos pueden ser: el desbordamiento de la capacidad de carga[2], la desaparición de una vida urbana equilibrada, el deterioro de las condiciones medioambientales e, incluso, la destrucción del patrimonio arquitectónico y cultural.

Piazza del popolo, Roma, Italy. Autor: Eugenia & Julian

Piazza del popolo, Roma, Italy. Autor: Eugenia & Julian

En el siglo XXI, las ciudades históricas europeas, al ser depositarias de un rico patrimonio histórico y cultural, se encuentran estrechamente asociadas al turismo. Su función turística se vino reforzando en los últimos años, aumentando la simbiosis entre ciudad y turismo. Esta realidad, con dimensiones tanto positivas como negativas, plantea problemas nuevos en relación con el equilibrio funcional de la ciudad, la planificación urbanística, las políticas de protección, la accesibilidad y el medio ambiente urbano.

El casco antiguo de una ciudad constituye su espacio histórico por excelencia y es, en gran medida, la memoria colectiva de la sociedad que lo habita, siendo un auténtico libro de donde los vestigios del pasado nos revelan la historia de la ciudad y la de sus habitantes” (Levy, 1987).

Actualmente se convirtió en imprescindible aplicar el criterio de la sostenibilidad en el replanteo y desarrollo de la ciudad. En el ámbito mundial, una de las iniciativas de la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Enero en 1992, fue a impulsar las iniciativas locales en apoyo del desarrollo sostenible. En el ámbito europeo, el Tratado de Ámsterdam, de 1999, confirmó (artículos 2 y 6) que el desarrollo equilibrado y sostenible, junto a protección y la mejora de la calidad del medio ambiente, son objetivos básicos de la Unión Europea. Pero este criterio (de la sostenibilidad) no se dejó sentir en exceso dentro del contexto de los centros históricos.

Otro de los elementos a considerar puede ser poner en valor la ciudad construida, mejorando sus infraestructuras, propiciando el reciclaje y conservando el patrimonio edificado. Esto propicia enriquecer la identidad cultural, refuerza la calidad paisajística y estética del medio urbano. Generar diversidad y complejidad urbana (tanto en residencia, actividad económica, oferta cultural y de servicios), ayudando a reducir las necesidades de movilidad, lo que aumentará el atractivo como lugar de residencia, trabajo, y ubicación de actividades. Mejorar sustancialmente las condiciones de habitabilidad y la articulación y cohesión social de la ciudad: mayor calidad de vida (vivienda, educación, trabajo, salud, cultura, ocio …), ayudaría a recuperar la idea de ciudad como un proyecto común a los ciudadanos[3].

De la misma manera, se formula la necesidad de fomentar el dinamismo económico. A esto puede contribuir la creación de talleres y escuelas de actividades tradicionales, relacionadas con el entorno, como la restauración (renovación), artes plásticas, artesanía, etc., en los que la educación y la formación (education and training) sean un paso previo para la consolidación económica. No es posible sostenerse sólo en una economía basada en tiendas de recuerdos y souvenirs durante el día y bares y restaurantes por la noche[4].

[1] Troitiño Vinuesa, Miguel Ángel (2007): “Turismo y desarrollo sostenible en ciudades históricas”.

[2] Número máximo de turistas que puede albergar un área de destino (O’Reilly, 1991).

[3] Troitiño Vinuesa, Miguel Ángel (2007): “Turismo y desarrollo sostenible en ciudades históricas”.

[4] González González, María Jesús (2006): “La sostenibilidad de los Centros Históricos e los Albores del Siglo XXI”

Autora: Leonor Lorenzo

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