Una cosa es colgarse la etiqueta «sostenible» y otra bien distinta es el interés por enriquecerse de las empresas frente a la necesidad del supervivencia del planeta.

En una economía global como en la que vivimos parece difícil de creer que proteger el medio ambiente y ganar dinero vayan de la mano. Las empresas compiten por incrementar su facturación dentro de su sector sin cuestionarse el cómo. Pero resulta que también son empresas las encargadas de controlar y solventar las imposiciones de la normativa medio ambiental.

Los consumidores mantenemos una postura pasiva frente a las acciones de las grandes marcas que nos mueven como peones, aunque creamos que no es así, a través de jugosos descuentos, etiquetas atractivas (ecológico, natural, sin conservantes,…). Al final somos la parte esencial de rueda del capitalismo que no funcionaría sin nuestros impulsos consumistas.

Así pues, las empresas buscan soluciones ingeniosas para agradar al consumidor y contentar a la administración (impulsora de la ley). Para tal fin se contrata a especialistas en sostenibilidad y medio ambiente que deben poner en marcha acciones contra el cambio climático y en defensa del medio ambiente y todo ello a cambio de dinero. Y si puede ser, sin molestar mucho.

¿Se puede ser juez y parte al mismo tiempo?

Es fácil de ver dónde está el problema. Las propias consultoras ambientales buscan, como cualquier empresa, afianzar una cartera de clientes que les permitan crecer y capitalizarse. Para ello deben satisfacer las necesidades de sus clientes que, en la mayor parte los casos, ven a ley ambiental como un mero formalismo inútil que entorpece sus acciones. Las solución, implementar acciones ambientales que no afecten de manera radical al proyecto inicial, es decir, un poco de greenwashing para crear una etiqueta sostenible.

Está claro que el límite de lo que se puede hacer o no lo marca la propia ley, pero hay muchas maneras de aplicar la legislación, mucha superposición de políticas y un sinfín de resquicios por los que colarse para pasar el trámite dejando contentos a todos. Y así, las empresas promotoras pueden seguir capitalizándose, las consultoras vigilantes pueden seguir creciendo, el estado garante puede dormir tranquilo y el medio ambiente… bueno, supongo que a nadie le importa el medio ambiente.

Los límites los marca la ley, pero…

En mi opinión la solución pasa por dar a las empresas un plan, una visión, de futuro que les permita alejarse de las actividades económicas lineales, adictivas y de corto plazo en las que están enredadas y atrapadas.

En lugar de discutir sobre cómo solventar las trabas de ley ambiental, deberíamos tratar de diseñar sistemas que imiten elegantemente los ecosistemas climáticos que se encuentran en la naturaleza. 

Las empresas deben volver a imaginarse y volver a imaginarse a sí mismas como componente cíclicos, cuyos productos desaparecen literalmente en componentes inofensivos o, para mejor ser, como una parte del sistema que se nutre de él sin parasitarlo. ¿Es esto posible?