Un equipo de físicos, ingenieros y arquitectos que revive comunidades en América Latina investiga cómo frenar la agonía de un pueblo de Costa da Morte.

Humberto Mella plantó un día su hogar allá donde se tocan la espuma de mar y el desierto más árido del mundo, el de Atacama (Chile). Este pescador y sus vecinos, habitantes de una comunidad sin luz ni agua corriente, aprenderán ahora de la mano de investigadores universitarios de Galicia a tratar las algas que recogen en el Pacífico para cobrar por ellas y darle impulso a esa aldea que fundaron en tierra de nadie hace treinta años. Lo harán a más de 10.000 kilómetros de donde vive Charo Figueiras, mariscadora de O Couto (Ponteceso-A Coruña). Ella también alberga esperanzas de que la explotación de las algas que pisa cuando recoge berberecho sirva para revivir su pueblo, un paraje de A Costa da Morte abrazado por el paradisíaco estuario del río Anllóns pero habitado por una población envejecida y menguante.

El futuro de Humberto y Charo, en Chile y en Galicia, está en manos de un grupo de investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela especializado en resucitar aldeas por el mundo adelante. Dirigidos por la física Ángeles López Agüera, entre sus 13 miembros hay ingenieros, economistas, arquitectos y hasta un politólogo. Desde hace cinco años y bajo la supervisión de la Unesco, estos científicos funden sus conocimientos para transformar pequeñas comunidades vecinales de América Latina y África que no tenían ni los más básicos servicios en poblaciones “autosuficientes” —económica y energéticamente—, sostenibles y adaptadas al siglo XXI.

Su trabajo será diferente en Galicia, un territorio donde descansan las ruinas de 1.300 aldeas abandonadas, el 40% de las que hay en España. Los 70 habitantes que resisten en el menguante núcleo gallego de O Couto contactaron con este equipo científico en busca de ayuda hace dos años. Tienen agua, luz y recogida de basuras, pero por sus calles ya no corretean niños y a los jóvenes no les queda más remedio que irse a trabajar fuera. El autobús escolar que a finales de los ochenta iba atestado con más de 50 críos, solo transporta ahora a cuatro chavales. Porque en O Couto muchas cosas fueron las que empezaron a cambiar en los setenta.

Hasta entonces, en este valle de Costa da Morte emplazado entre montes frondosos y la desembocadura del río Anllóns, se vivía “de lo que daba la tierra y el mar”, recuerda Carmen Bermúdez. En los estertores de la dictadura franquista, muchos de los habitantes en edad de volar empezaron a abandonar sus casas por largas temporadas, unos enganchados al tren de la emigración y otros a las mareas en el caladero irlandés del Gran Sol. Los que permanecieron en el pueblo se emplearon en los prósperos aserraderos que se implantaron en la zona y, gracias a la generalización de las becas, estudiar fuera dejó de ser un lujo reservado a los vástagos del pudiente del pueblo. Así fue como la mayoría dijo adiós a la agricultura y ganadería de subsistencia.

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Fuente: http://sociedad.elpais.com