Las ciudades y las personas parecen términos indisolubles, ya que no se entienden las primeras sin población, pero en los últimos años se están produciendo procesos claramente en contra de los ciudadanos.
Parece contradictorio ver, por un lado, políticas que promueven un desarrollo urbano enfocado en las personas y a favor de una sociedad más igualitaria y por otro, claros ejemplos de urbanismo hostil. Este golpe de realidad, nos viene dado desde que saltó la noticia de los pinchos metálicos de un par de centímetros de alto contra los indigentes y que han levantado una ola de indignación en las redes sociales y una gran repercusión en los medios. Lo que parecía algo anecdótico hemos comprobado que se ha popularizado por multitud de ciudades, mostrando muchos ejemplos de barreras para librarse de las personas sin hogar.

Arquitectura hostil en Londres. Fuente: http://www.standard.co.uk

Arquitectura hostil en Londres. Fuente: http://www.standard.co.uk

Estas actuaciones las observamos todos los días cuando pasamos por nuestros barrios pero rara vez nos fijamos en las consecuencias de las mismas. Pero la repercusión mediática de estas noticias nos ha puesto en alerta sobre las muestras de arquitectura hostil que, normalmente, pasan desapercibidas por la sociedad. Estas actuaciones han proliferado en los espacios públicos que se rodean con vallas metálicas para evitar su uso, cómodos parterres se cubren de cemento, alféizares y bancos se inclinan o llenan de pinchos para no permitir el descanso o el simple uso de estos espacios. Aunque esta es la muestra más clara de este proceso, existen actuaciones más sutiles que van en contra de la propia sociedad que la habita.

Desde hace unos años el espacio público está perdiendo el valor como lugar de encuentro de toda la ciudadanía, a ser un espacio privado o restringido. Algo que ya denunciaba Jane Jacobs en su obra: Muerte y vida de las grandes ciudades, como proceso de mallification (mall centro comercial en inglés). Favoreciendo una ciudad rígida y limitando la capacidad de actuación de la población.
Una muestra de ello son las grandes avenidas y plazas repletas de terrazas de bares y restaurantes cercadas por jardineras o mamparas que limitan el tránsito normal de la población a una pequeña sección de la vía. El espacio público deja de ser un bien para nuestra sociedad a transformarse en un mero bien económico, relegando el disfrute de estos espacios no como un derecho sino como un privilegio.

Terrazas que ocupan gran parte de la vía

Terrazas que ocupan gran parte de la vía

Esta idea ya la recogía Josep María Montaner en una reciente e interesante reflexión en El País que nos habla de esta mutación del espacio público, a favor de las actividades comerciales o restricción del uso, promoviendo unas actividades dirigidas e individualizadas. El mobiliario urbano empieza articularse de modo monofuncional e individualizado no cara a la diversidad y complejidad de nuestra sociedad. Muestra de ello son las sillas individuales en vez los bancos corridos, o que los juegos infantiles se diseñan para un par de niños a lo sumo.

Puente de la ciudad de Guangzhou Fuente: www.dailymail.co.uk

Puente de la ciudad de Guangzhou
Fuente: www.dailymail.co.uk

Por otro lado, las ciudades están realizando grandes esfuerzos por integrar los desarrollos tecnológicos de las TIC, muy en boga hoy en día, lo que ha supuesto una mejora exponencial en el acceso a la información facilitándonos enormemente la comunicación. A pesar de ello, estos desarrollos han dificultado la interacción de las sociedades locales ya que ahora existe una menor dependencia entre las personas. Este proceso es similar al acontecido en las sociedades rurales con la difusión de la maquinaria agrícola.
Ejemplo de ello son las Smart Cities, proyectos tecnológicos estrella de nuestras urbes, que a pesar de las grandes ventajas que ofrecen en movilidad, eficiencia y competitividad, rara vez se preocupan en las mejoras sociales, relegando estas iniciativas de las asociaciones o fundaciones.

Por todo ello, en momentos de crisis económica debemos estar alerta para proteger la riqueza y diversidad de nuestra sociedad dentro del entramado urbano e impedir la mercantilización de las ciudades. Especialmente, debemos concienciarnos de que estas actuaciones suponen para la población una pérdida de soberanía del espacio público, a favor de convertirlo en un recurso económico y estableciéndolo como un escenario de bienestar social impuesto por nuestros dirigentes. Estos espacios son más que un recurso económico, tienen una gran importancia social, cultural e incluso ambiental y esta apariencia estipulada que se quiere imponer es una farsa ya que la ocultación de la pobreza no soluciona el mismo, sino que lo enquista. Estos desarrollos se tienen que denunciar como sociedad y como profesionales ya que las ciudades no tienen que excluir grupos sociales sino integrarlos. El urbanismo no tiene que esconder la pobreza sino que tiene que fomentar su erradicación.
Además los espacios públicos deben ser polivalentes para que la sociedad desde su uso cívico pueda elegir libremente su disfrute, sin dirigir o coaccionar el uso del mobiliario urbano y el mismo espacio.
Las ciudades tienen que favorecer el desarrollo de las personas, de todas las personas.

Aquí os dejamos algunos enlaces de interés:

http://miradescritiques.blogspot.com.es/2014/06/ciudades-como-armas.html

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/06/13/actualidad/1402683725_100674.html

http://ecosistemaurbano.org/urbanismo/la-ciudad-hostil-angulos-y-puas-contra-los-ciudadanos/

http://www.ellibrepensador.com/2014/06/22/arquitectura-disuasoria/

 

Autor: Jose M. Taboada