Joan Carulla nació allá por 1923 en Juneda (Lleida), un pueblo agrícola en al ribera del Segre, hasta donde llegaban los cañonazos del frente del Ebro durante la Guerra Civil… “Llevo toda mi vida llorando el millón de muertos. En mi pueblo cayeron más de cien y pasamos todo tipo de penurias. Sólo nos quedaron para comer patatas. Tuve la miseria cogida del cuello hasta los 33 años”.

En los años cincuenta, con el oficio del campo aprendido de su abuelo y de su padre, Joan Carulla hizo el hatillo y se fue a Barcelona: “Me vine porque no tenía tierras. Abrí una tienda de ultramarinos y fui presidente del gremio local. Eran otros tiempos, cuando se podía prosperar con un pequeño negocio, no como ahora. Digamos que no me fue mal, y acabé teniendo mi terrenito en una azotea”.

Tres terrazas, tres, cultiva el Señor Carulla. Son 260 metros cuadrados en total, y setenta toneladas de tierra. Una capa de tela asfáltica impide que las raíces penetren hacia abajo y un sistema de drenaje previene las humedades. La vegetación garantiza el aislamiento contra el frío en invierno y el calor en veranos. Hasta 15.000 litros de agua es capaz de almacenar con un sistema casero de captación de lluvia. Una tercera parte de la tierra que pisamos es pura materia orgánica…

“Si en algo soy maestro es en el compostaje. Yo siempre he aprovechado todo, salvo el vidrio y la loza. Hasta las botellas de plástico las utilizo para proteger a las uvas de los pájaros… Y bajo nuestros pies, descomponiéndose, tenemos basura orgánica, cajas de frutas, cartón del supermercado, facturas de papel y hasta persianas que no he querido tirar. Se lo echo a la tierra, que lo agradece todo”.

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