Hoy en TYS Magazine nos hacemos eco de la nota de prensa del colegio de geógrafos sobre las recientes inundaciones producidas pola formación de una Dana, comúnmente llamada gota fría.

Como sucede cada pocos años la formación de una Dana (depresión aislada en niveles altos)  en el Mediterráneo ha provocado un episodio de precipitaciones muy intensas en buena parte de la fachada mediterránea peninsular.

 


Registros de precipitación que superan los 100, 200 o incluso 300mm en un solo día, o en unas horas del mismo, nos hablan bien a las claras de como una situación sinóptica propicia, unido a un Mediterráneo caliente y a otros factores, como grandes aportes de humead y flujos de viento marítimos de largo recorrido, provocan precipitaciones extraordinarias.

En esta ocasión la situación fue muy bien identificada por AEMet, que ya con días de antelación avisaba sobre la peligrosidad del episodio y, en el momento oportuno, teñía las demarcaciones mediterráneas con avisos rojos (el nivel máximo) por la importancia de las precipitaciones que se podían registrar.

Por desgracia, pese a ello, pese a los engranajes y avisos posteriores desde protección civil, administraciones, Confederaciones, etc. la desgracia en forma de pérdidas de vidas humanas, no se han podido evitar. La precaución, en estos casos, es la única medida eficaz. Con situaciones mucho menores, y más puntuales, la excesiva exposición al riesgo ha acabado generando pérdidas humanas que nunca deberían darse. Las pérdidas materiales, además, han sido enormes.

Sin embargo, en un plano más territorial y geográfico, esta “gota fría” nos vuelve a dejar las mismas lecciones que todas las anteriores.

Tras las importantes riadas de los años 80 del pasado siglo se llevaron a cabo obras de canalización en el Segura, como en otros sistemas fluviales, encaminadas, en teoría, a evitar que se repitiesen sus calamitosas consecuencias. Una vez más se demuestra que, más pronto que tarde, estas actuaciones se ven superadas y, lejos de mitigar los efectos, acaban suponiendo una multiplicación de los mismos.

Cuando se cortan unos meandros para trazar un cauce rectilíneo, no sólo perdemos diversidad natural, acabamos con las zonas de ribera y eliminamos las zonas inundables. Al reducir el recorrido del río lo dotamos de mayor pendiente, lo que multiplica la energía del flujo y su poder destructivo. Si tras esto, además, se sucede un proceso urbanizador que ocupa hasta el mismo borde de la canalización y buena parte de la llanura de inundación, los efectos de los desbordamientos se tornan catastróficos. Utilizar como supuesta solución el levantar más los muros de las márgenes, cosa que hoy sigue haciéndose tras episodios como estos, provoca, y reincide en la sensación de falsa seguridad bajo las que nuevas actividades ocupan zonas inundables. Contrariamente, estas actuaciones de recanalización provocan un efecto multiplicador cuando ceden, impidiendo, además, que el agua desbordada retorne al cauce al bajar el nivel de la riada, prolongando los efectos en las zonas inundadas.

Se impone un cambio de paradigma en el tratamiento de estos eventos. Desde la Geografía llevamos tiempo apostando por la aplicación de políticas de ordenación del territorio, integrales, transversales, de mirada amplia, que apuesten por la recuperación y restauración de las zonas inundables y por la retirada, lo más alejadas posible, de las defensas más duras, dotando a ríos y ramblas de mayor espacio y capacidad de disipación de la energía. Una ordenación del territorio donde las zonas inundables presenten usos compatibles con las avenidas. Aun así, hay zonas en las que, más pronto que tarde, la administración deberá plantearse la necesidad de cambios de usos, “desurbanizando” las zonas que, episodio tras episodio, sufren las mismas consecuencias.

En un contexto de cambio climático en el que la ralentización de la circulación del oeste en altura puede ocasionar el incremento de las Danas, en el que, además, el Mediterráneo suele presentar anomalías cálidas en la temperatura de sus aguas, parece lógico pensar que, lejos de desaparecer, estos eventos extremos pueden ser cada vez más recurrentes. Por ello, acciones encaminadas a racionalizar el uso del territorio limitando en gran medida los usos de las zonas inundables, parecen inaplazables. En este sentido, el trabajo de las Confederaciones, con los mapas de inundabilidad, son un excelente punto de partida, toca ahora, sin demora, dar el siguiente paso y ordenar un territorio que, especialmente allí donde la burbuja urbanística fue más intensa, lo requiere con urgencia.

Fuente: Colegio de Geógrafos