La protección de los centros históricos y el auge turístico ha favorecido una gran transformación de estos espacios urbanos, creando unas dinámicas económicas y sociales propias. Muestra de esta transformación de los cascos históricos es la evolución del comercio en las últimas décadas.

El investigador Jaime Jover Báez plantea las hipótesis de la gentrificación y la patrimonialización a través de la evolución paralela de los establecimientos comerciales tradicionales y las franquicias y grandes firmas en el último cuarto de siglo. Este geógrafo de la Escuela Universitaria de Osuna (Universidad de Sevilla) emplea como caso de estudio el centro histórico de Sevilla (España).

Según los datos del autor del artículo publicado en el boletín de la AGE, el comercio tradicional está en regresión en el centro histórico de Sevilla, mientras que las franquicias y grandes firmas se expanden con distinto grado de intensidad según el espacio.

 


La sustitución o gentrificación de comercio local por otro modelo de negocio de escala nacional o internacional ha sido progresiva en las principales vías del ámbito estudiado desde, al menos, el primer decenio del siglo XXI.

El comercio tradicional que aún resiste tiene unas condiciones muy particulares en términos de propiedad del local, especialización del producto y una clientela fidelizada. No obstante, el número de establecimientos de este tipo sigue reduciéndose en detrimento de grandes firmas y franquicias, que colonizan cada vez más calles en el ámbito de estudio, contribuyendo a banalizar el tejido comercial. Eso sí, todavía persiste una jerarquía entre distintas vías y la situación cambia radicalmente en cuestión de metros.

En muchos centros históricos, la especialización turística de la ciudad se deja notar, con más marcas multinacionales y también establecimientos cada vez más orientados a visitantes, como las tiendas de souvenirs.  

La condición peatonal de casi la totalidad de muchos cascos históricos, también coadyuva a la consolidación y promoción de los centros comerciales abiertos, donde el comercio tradicional teje alianzas con franquicias y grandes firmas. Si bien las sinergias pueden ser positivas para la permanencia de esta tipología, también existen amenazas, puesto que estos establecimientos no están en pie de igualdad en cuanto a imagen de marca, gasto en publicidad o diversidad del producto, y en un contexto de fuerte competencia puede conllevar su desaparición. Esta sustitución comercial es precisamente lo que ha espoleado el debate patrimonial.

El autor plantea dos reflexiones:  

  • El comercio tradicional no se ha protegido activamente. La única fórmula prevista ha sido a través del planeamiento, donde los intereses etnológicos que podrían tener potencialmente estos establecimientos se han subordinado a un catálogo de edificios, por lo que no debe sorprender que los planes especiales no dispongan de ninguna fórmula concreta para asegurar la conservación y promoción de aquellos intereses.
  • Abrir otro debate sobre la pertinencia del comercio tradicional como patrimonio. No deja de ser contradictorio que el valor cultural –esencialmente un valor de uso o disfrute– que estos establecimientos pueden albergar emerja de una práctica de consumo, es decir, de otorgar representatividad social a una actividad que se fundamenta en el intercambio de mercancías. Esto es especialmente relevante sabiendo que la mercantilización de la vida cotidiana a través del consumo es uno de los pilares de procesos urbanos como la gentrificación o la creciente turistificación, que tanta incidencia han tenido y tienen en aspectos inmateriales de los centros históricos.

Según el estudio el principal argumento de la protección del comercio tradicional en los centros históricos es el reconocimiento de éste como la identidad que por su historia condensan los establecimientos, vinculado al mobiliario tradicional o a la imagen exterior, que además se asocia a una actividad mercantil que nació en un contexto no consumista, sino de provisión de bienes para la vida diaria.

Aquí enraíza todo lo que representan como experiencia comercial: necesidades más específicas de la población, productos locales, trato personal y cercano, y en definitiva el comercio como lugar de socialización. En este sentido, el comercio tradicional sería patrimonio, y su protección podría articularse desde la administración municipal, a través del planeamiento pero de forma individualizada y precisa, o desde la autonómica, donde cabría explorar la posibilidad de redactar planes directores sobre el comercio tradicional de un espacio en concreto (barrio o ciudad), siempre en coordinación con otros departamentos que pudieran garantizar su pervivencia, por ejemplo a través de bonificaciones fiscales.

Podéis dejarnos vuestra opinión sobre la evolución del comercio en los cascos históricos.

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DOI: https://doi.org/10.21138/bage.2788